sábado, 4 de julio de 2015

La naranja se pasea. 3 de julio 2015

soy
VIERNES, 3 DE JULIO DE 2015
SERIE ONLINE

LA NARANJA SE PASEA 

De la sala al comedor, de lo correcto a lo correctísimo. La tercera temporada de la serie Orange is the New Black sacrifica originalidad y erotismo por un cumplimiento prolijo de la agenda progresista. 
Mientras que en las dos primeras temporadas los cruces entre personajes, grupos racializados y chuchas ardientes eran el corazón de la narrativa, en la tercera temporada de Orange is the New Black nos encontramos con una versión más preocupada por el mensaje positivo de las representaciones de mujeres y la misoginia estructural del sistema. Este año, la tan aclamada serie parece intentar salir de cierta parodia y estereotipos para abocarse a temas “serios”. La agenda feminista pudo haber llegado a Netflix, y con ello no sólo la visibilidad lésbica –aunque esta temporada tiene muy poquito erotismo– sino también la politización de la transfobia, la maternidad, la violación, la adopción, lo oneroso de sostener cuerpos menstruantes y gestantes para el Estado, y el chantaje de esa institución penitenciaria de baja seguridad como es Litchfield, con todas las aristas de la corrupción, explotación y precarización laboral.
Las representaciones televisivas están sujetas a su audiencia y las lógicas de rentabilidad –mucho más que la literatura o el cine– se exhiben siempre sometidas a intensa vigilancia y amordazante censura. Antes de Ellen DeGeneres, las series televisivas identificadas con lo lésbico parecían no tener un público devoto y por lo tanto no llegaban a la pantalla chica. Pero con la llegada de L Word el nicho de mercado se hizo evidente y los viejas invisibilizaciones se tradujeron en una agenda de “representaciones positivas” de tortas –contrariando a las dinosaurias representaciones en las que había que adivinar o siempre triunfaba el amor hétero–. No obstante, de tan positivas, las imágenes de lesbianas se volvieron normalizantes: por lo exitosas, flacas, lindas y guitudas que resultaban. Hasta que llegó OITNB y apostó a un plano más crítico.
En esta temporada, las disputas interpersonales no están en el centro, sino los problemas sociales que las circundan tanto antes como durante el encierro. La sexualidad no se presenta como una subcultura autónoma –las mujeres desean y sus objetos varían según la situación: hay lesbianas (trans y cis) bisexuales, heteroflexibles, héteros, asexuales, vírgenes)–. La violencia sexual se vuelve uno de los problemas que, basado en un ordenamiento desigual, no encuentra solución: la venganza no se concreta y por lo tanto sigue una desalentadora perpetración. La maternidad y la búsqueda por dar otro destino a un feto por nacer se convierte en irremediable vulnerabilidad socioeconómica.
También el tratamiento de la transfobia parece correcto. El personaje trans no es la reencarnación heroica de ninguna revolución ni la mártir de la novela. Sophia (Laverne Cox, primera transexual nominada a un Grammy) se manda una bastante cuestionable. El tema es que la única salida para su conflicto es que tanto las reclusas como los responsables de la prisión de Litchfield la condenan por trans. Después del incidente, le pegan unas hispanas que se enganchan en la ola transfóbica. Sophie, al intentar defenderse, es tratada como hombre y cuando cambia la estrategia y pide protección se le devuelve transfobia institucionalizada: el antídoto “por su bien” es su propio aislamiento. En ese sentido, el rol de las corporaciones friendly presidiarias está bajo la mira, que con toda la buena onda te recortan el presupuesto, con sonrisa te dan comida de perro, te hacen laburar en talleres textiles clandestinos y con simpatía logran que el poder se endurezca.
¿Pero por qué más de una no se enganchó con esta temporada si abraza en buenas partes nuestros ideales? ¿Perdió algo de disidente?
–Efectivamente, desde el momento en que se ve la serie en función de su “agenda” es más difícil dejarse atrapar, sobre todo cuando el contrapeso de la crítica social es una supuesta solidaridad de mujeres felices, con un montón de amistades improbables, escritoras amadas, clases de teatro sanadoras y guías espirituales de bondad. Y aquí lo que se actualiza es el imperativo de imagen positiva, casi utópico, sumado a la imperiosa necesidad de las bellezas hegemónicas: Stella (Ruby Rose, la nueva Angelina Jolie de las tortas, VJ de MTV, la cara de Maybelle Australia, la prometida de la diseñadora de modas Phoebe Dahl) ostenta y posa su cuerpo desnudo rapidito. Así, su desentonada presencia de perfección desplaza a la otra belleza menos tatuada, Alex (Laura Prepon) y garantiza que todas se mojen la bombacha. OITNB pone caras bonitas al servicio del paki-consumo y funciona. El video de la modelo “Break free” se reprodujo más de seis millones de veces y ahora miles de heterosexuales manifiestan que quieren ser lesbianas por unos labios carnosos. Así, el tan cuidado casting se convierte en una disputa de lindas para sobrevivir en la exposición televisiva. Y la protagonista, Piper Chapman (Taylor Schilling), depredadora de las hermosas, en un arco dramático demasiado veloz, se convierte en una comerciante manipuladora, autoritaria y explotadora hasta de quienes aman. Cualquier semejanza con la fórmula exitosa Break in Bad es pura coincidencia.
El matrimonio igualitario se legalizó este año, mientras que fueron lxs yanquis quienes crearon la imagen planetaria lgbtiq desde hace muchísimo. Esta brecha entre política mayúscula y micropolítica es sospechosa. ¿En Casa Blanca cuchillo de arcoiris? No sé, lo que se constata es que la industria cultural reparte colonialismo cognitivo y nosotras nos tragamos la orange.

martes, 16 de junio de 2015

ultimo acto, 12 de junio

soy
VIERNES, 12 DE JUNIO DE 2015
TEATRO II

Ultimo acto

Ficciones y rituales de la propia muerte, delirios de última hora en Constanza Muere, la obra de Ariel Farace interpretada por Analía Couceyro.
 Por Magdalena De Santo
La muerte encapuchada con alta capa y hoz esconde el rostro de un asno. La niña con el pelo lacio perfecto y vestido con lazo debajo de sus prematuras tetas. La niña y la muerte espectan la contorsión. Una mujer septuagenaria con conjuntito deportivo salmón, pelo rubio de enorme artificio y zapatillas doradas se revuelca cual Ren o Stimpy. Es la escena de su propia muerte. Es la primera escena de Constanza Muere, la última obra de Ariel Farace interpretada por la arrolladora Analía Couceyro, a la que en la pantalla chica y grande se la puede recordar por la torta policía forense de 23 pares o por el personaje de Albertina Carri en Los Rubios. Constanza (Analía Couceyro), La Muerte/Asno (Matías Vertiz) y La Niña que musicaliza en vivo (la adulta Florencia Sgandurra) ficcionan la escena tan temida de Coty en microcapítulos hasta la anunciada.
Abrir los ojos es bastante todo. Constanza Muere resulta un diálogo homenaje a Malone muere de Samuel Beckett. En efecto, el dios hereje del absurdo escribe en dicha novela: “Conozco estas frases que parecen insignificantes y que, una vez aceptadas, pueden corromper toda una lengua. Nada es más real que nada.” Y Constanza Muere parece hacernos eso. La dramaturgia de Farace nos escupe frases que roen el cerebro y retumban tanto que hubo alguien que quiso el audio para escucharlo por la calle. De esas corrupciones de la lengua, algunas fueron tomadas para el programa de mano en la obra. Y funcionan como estampas semánticas que aquí se convirtieron en subtítulo.
Antes de mí, nada. Consciente de la enorme oferta de monólogos –la propia Analía Couceyro no hasta hace mucho estaba con funciones de El Rastro, bajo la dirección del amigo, maestro y colega de Farace y ella, Alejandro Tantanian–, Ariel Farace se propuso escribir un monólogo pero que en el montaje se perciba como obra. “¿Qué hace la puesta con un texto que se presenta para una sola voz? Esa fue una motivación para que la cosa tome la forma que tomó. El texto es una voz, que en la obra –en el montaje, quiero decir– está dividida, cortada, llena de escena. Todo el vínculo entre la identidad del texto y la necesariamente diferente identidad del montaje me interesa mucho, pienso mucho en eso, me divierto bastante en esas relaciones.” Y así la escritura toma un cuerpo novedoso.
La ficción no ciega. La premisa de Ariel Farace es la ficción de la muerte. La muerte propia no es otra cosa que las imágenes que inventamos y que nunca podremos constatar. En esa contradicción, el monstruo del tiempo encorva la elástica vida de Constanza bailarina y su muerte no es receso, sino ese animal fiel que la acompaña cotidianamente imponiéndole paisajes de extinción. Constanza Muere es una sucesión barroca del mambo inconsciente de esta vieja. Captura sensible de la soledad y la vejez. Repetición enorme de todo, todo, todo. Y de nada, nada, nada. Escenas que quedan en la retina.
Las piedras hasta mí. Objetos que cargan la memoria, una planta amada, un té con Criollitas, unas zapatillas de punta rosa y ese monólogo que no es el final. Es el cisne viejo que te pone la piel de gallinita. Y la muerte definitiva llega sin parecerse a ninguna. Y al mismo tiempo, similar a todas. Ella, un asno con mucho menos glamour que un tema de Bowie, ni siquiera un “Rasguña las piedras” cantado con voz ronca.
Jueves a las 22, El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034.

martes, 9 de junio de 2015

Imperdibles de la bienal: 22 de mayo de 2015

soy
VIERNES, 22 DE MAYO DE 2015
ARTE

Imperdibles de la Bienal de Performance 2015

 Por Magdalena De Santo

CUíDESE MUCHO de Sophie Calle

Instalación en la que ciento siete mujeres muy grosas de distintas latitudes y profesiones interpretan un texto inesperado: un correo que recibió Sophie en el que su pareja de entonces cortaba la relación.
Desde el 26 de mayo al 23 de agosto (con excepción de 1, 2 y 3 de junio), de 14 a 20 en el Centro Cultural Kirchner, Sarmiento 151

ARTAUD MADRE/ LENGUA Y MADRE de Emilio García Wehbi y Gabo Ferro.

Performance interdisciplinaria en torno al maestro del teatro de la crueldad: Antonin Artaud. Acá los artistas rioplatenses componen posibles paisajes de aquella poética visceral y cabeza electroshockeada.
5 y 6 de junio, a las 20.30, en el Centro de Arte Experimental Unsam, Sánchez de Bustamante 75

PATRóN DE CONVIVENCIA de Nicolás Varchausky, Juan Onofri Barbato, Matías Sendón.

Un grupo de performers metaforiza la vida en comunidad a través del sonido. Mediante dispositivos que permiten un acople controlado, lxs visitantes serán invitadxs a experimentar el comportamiento sonoro afectado por los cuerpos y las distancias.
23 y 24 de mayo de 16 a 20, en el Museo de Arte Contemporáneo Mar del Plata, Av. Feliz U. Camet y López de Gómara, Mar del Plata

PAPELóN de Alejandro Ros y Roberto Jacoby.

Instalación de bollos de papel en un sótano para que la gente se sumerja en la experiencia. El papel deja de ser soporte de las piezas gráficas y se convierte en soporte del público entero.
31 de mayo, 1, 2, 3, 5 y 6 de junio, de 19 a 21, en Gurruchaga 2467

ASAMBLE de Amalia Pica

¿Cómo ejercemos nuestra ciudadanía en democracia? Esta performance incita a los participantes a construir una asamblea mediante la exploración del círculo en tanto forma inacabable.
30 de mayo a las 17, en Plaza del Congreso

NO SOY TAN JOVEN PARA SABERLO de Mondongo

Una exploración performática que indaga algunos tabúes de la sexualidad a partir de la supuesta vida adulta de Pinocho y otros personajes del cuento.
31 de mayo, 1, 2, 5 y 6 de junio a las 20 y el 3 de junio a las 22, en Vidriera Mondongo, Gurruchaga 2467

VI SESIóN EN EL PARLAMENTO de Osías Yanov

Diez performers con catuists metalizados y una escultura de hierro componen una sesión parlamentaria andrógina. “¿Cómo sería un Parlamento de cuerpos donde se sesione a partir de coreografías?” resulta ser la pregunta que vertebra un futuro distópico o utópico. Ojalá posible.
28 de mayo y 4 de junio a las 19; sábados 23, 30 de mayo y 6 de junio a las 19.30, en MALBA, Av. Figueroa Alcorta 3415

Lo que queda de Marina: 8 de mayo 2015

soy
VIERNES, 8 DE MAYO DE 2015
ARTE

Lo que queda de Marina

El fenómeno Marina Abramovic se queda mientras ella, la mismísima, debe estar en algún cuarto de hotel de otro continente. A la luz de su retirada quedan en primer plano los gajes del arte contemporáneo en torno de la mercantilización, la lógica mainstream y los límites entre obra, ideología y artista. Deja también una experiencia inefable.
 Por Magdalena De Santo
El workshop. Marina Abramovic es una más, disuelta entra las trescientas personas con la presencia de no estrella. Con aislantes de sonido en las orejas, la experiencia es de una introspección profunda. Unas cartulinas para mirar, unas tarimas para subir, unas camitas cual tienda de guerra con frazadas jaspeadas para recostarse, un espacio para caminar cinco veces lento y mesas para separar la lenteja del arroz. Eso está todo junto en el espacio, no hay circuito, está todo y todos juntos. Marina por ahí anda. Toda expectativa fan se clausura porque nadie puede tener ni cámara ni celular ni reloj. La ansiedad se disipa, invita a la demora. Como buena perfo se borran las dicotomías espectador-artista, museo-calle. El habla común es el pestañeo, una tomada de mano o la sonrisa. Es un estar continuo y abyecto. Una risotada al tiempo hiperproductivo y taylorista. No hay mensaje. Hay suceso. “Ustedes nos dan su tiempo; nosotros, la experiencia”, dijo Marina en la conferencia de apertura de la Bienal de Performance 2015.
El suceso. Sin embargo, el episodio de Abramovic en Argentina es mucho más que la experiencia concreta. Su presencia actualizó las tramas enredadas que vive el arte contemporáneo en tiempos de capitalismo cognitivo: la banalización del ídolo, la fusión del arte con el consumo de masas (el Método Abramovic está sponsoreado por corporaciones y Lady Gaga lo lleva como estandarte), la difícil separación entre la obra y las declaraciones del artista (se declaró no feminista pero su histórica obra es personal, política y el cuerpo, su campo de batalla y resistencia), y la potencia transformadora de la subjetividad cuando la propuesta meditativa linda con el New Age.
Mutación. Es indudable que la abuelita del performance en sus 40 años de trayectoria mutó sus indagaciones performáticas. Si trazamos un posible arco, parece que va desde la exposición de un cuerpo individual a que el cuerpo comunitario (el público) sea la obra. A comienzos de los ’70 la artista se exponía a un puñado de personas para reconvertir su propio dolor y agotamiento en ritual: horas de peinarse con vehemencia porque el “arte es bello”, horas de liberar el cuerpo desnudo al son de un tambor con la cara encapuchada, un corte en su abdomen serbio en forma de estrella sangrante, un arrojarse al medio del fuego. Luego vino la época con Ulay y su cuerpo ya no sólo era el propio sino uno y dos con el amante. Vinieron otros trabajos: horas de cagarse a gritos, 17 minutos de un “beso” asfixiante que termina en desmayo, el arco que la amenaza con la flecha y así, hasta que ya en los albores de los ’80 la ruina de los amantes los llevó a la emblemática obra: una caminata de tres meses por la Muralla China hasta encontrarse y seguir para no estar juntos nunca más. Abramovic siguió haciendo de las suyas hasta que con 50 pirulos, según ella misma comentó en la conferencia que impartió un día antes del workshop, llegó el premio León de Oro y de ahí en más la escalada mundial y la consagración mainstream de la performance. El Guggenheim y el MOMA fueron los museos que protegieron su arte y ella por tres meses se la pasó viendo la miseria desconocida a los ojos. La potencia de esta obra hiperconocida (más de un millón de personas vieron el documental premiado The Artist Is Present) es que exponía al/a visitante “a sí mismx”, pues afuera sólo estaban las cámaras, el público y la interpelación visual de la icono sentada.
El unomisma. Y aquí viene lo que puede verse como lo más interesante de los debates que produjo su llegada a Bs. As.: el Método Abramovic –promovido por la organización sin fines de lucro Marina Abramovic Institut– ¿es una exaltación de la subjetividad neoliberal? ¿Marina se ha convertido en una hechicera mandala que encuentra remanso en la propia subjetividad? ¿Acaso su obra actual asienta las raíces del “uno mismo” tal como los líderes espirituales para tragar monedas a nivel planetario? En efecto, el artista Emilio García Wehbi disparó: “Se parece bastante al del gurú del PRO Sri Sri Ravi Shankar, mezcla de budismo new age con desmedidas ‘buenas intenciones hacia la humanidad’”. En la conferencia le preguntaron ¿qué diferencia hay entre el Método Abramovic y la meditación? Y la mujer de piel lozana contestó “el contexto”. Hoy los museos son fábricas semióticas de rentabilidad y sus obras, los performers, sujetos precarizados. Paradójicamente, el workshop de Abramovic tuvo entrada gratuita y libre, y el espacio fue la ex estación eléctrica en la que hoy funciona el Centro de Experimentación Artística y la gestión, de la Unsam. La experiencia fue individual –es cierto, fue un viaje a las raíces del yo liberado de las contaminaciones modernotecnológicas– pero también fuertemente comunitaria y de convivencia armónica. Aunque al día siguiente seguí siendo una torta performer monotributista que tiene como muralla china a la cajera del supermercado.

sábado, 24 de enero de 2015

el sonido y la furia, 23 de enero 2015

soy
VIERNES, 23 DE ENERO DE 2015
ENTREVISTA

El sonido y la furia 

Sara Hebe, joven figura hiphopera de la escena porteña, y Flor Linyera, tecladista de las Kumbia Queers, comparten la vida y, a cada rato, las tablas. Prenden fuego lo que tocan con sus rimas, arriba y abajo del escenario.
 Por Magdalena De Santo
Flor Linyera y Sara Hebe son pareja hace más de tres años y medio. Pero no quieren hablar de amor: prefieren denunciar el capitalismo y la careteada de la pose. Se conocieron por la música, y aunque cada una tiene su proyecto, próximamente lanzarán algo de a dos: “Estamos preparando nuestros temas juntas y en estos días seguramente saquemos algún tema, pero no queremos decir nada para no quemarlo”, desliza Flor.
Flor Linyera es la tecladista de Kumbia Queers desde marzo del 2009: “Soy de Bahía Blanca, estudiaba filosofía allá y tocaba la guitarra en dos bandas, teníamos un colectivo kultural con el que hacíamos fiestas. Una vez invitamos a tocar a She Devils y a Juana Chan y Alí por separado, y a las Kumbia. Ya nos conocíamos pero ahí pegamos onda. En un momento, ellas andaban sin tecladista y me invitaron. Me aprendí los temas y a la semana me instalé en Buenos Aires”. Sara Hebe viene de Trelew. “Vine en el 2001 a estudiar abogacía, después me pasé a teatro, siempre me gustó bailar y terminé haciendo esto. Empecé a tocar en el 2007 sola, con un pendrive y un micrófono, en bares, hasta que en 2009 saqué La hija del loco y en 2012 Puentera. Ese mismo año se sumó Ramiro a tocar en vivo con sampler, bajo y viola. Antes, dos amigas me hicieron la segunda en apoyos de voces y después vinieron otras dos compañeras, ahora quedó una de ellas, Liyah, y seguimos con Ramiro. Los tres.”

A esta nota ¿la podríamos llamar las tortas y el rock?

S. H.: Decís eso y me imagino un pastel de cumpleaños con fondant negro y purpurina plateada, arriba una guitarra eléctrica de azúcar roja y cuatro velitas alrededor encendidas...
F. L.: Posta, es cierto que la visibilización es necesaria y el cambio tiene que ser radical para que sea verdadero. Pero me parece que está bueno que la forma de liberarse no sea meterse bajo otras etiquetas, sino intentar salirse, no tener que definir ni explicar quién o qué sos y que así esté todo bien.

Igualmente, el under de los ’90, She Devils en particular, abrió un camino interesante para las sexualidades disidentes en el ambiente del rock. ¿Cómo ven eso ahora?

F. L.: She Devils fue una de mis bandas de cabecera. Fueron parte de un movimiento que en su momento, a lxs que teníamos esa edad, nos partió la cabeza, nos abrió un mundo: la movida homocore o queerpunk, la autogestión, ser gay en el ambiente rockero. Las generaciones nuevas son más abiertas, menos enroscadas con la sexualidad, porque hay gente que viene luchando desde hace tiempo para que sea así.
S. H.: Lxs jóvenes son mejores. Vienen con un pedazo de cerebro más “evolucionado” y un cacho de corazón más blando.

Ustedes, aunque hagan música distinta, tienen prácticamente el mismo público...

S. H.: Sí, sobre todo desde que las Kumbia Queers nos invitaron a tocar a y viceversa. Está rebueno.
F. L.: Hay ciertos elementos comunes que por ahí no son tan evidentes para nosotras pero se ve que la gente lo siente así. Vienen a descontrolarse, a exorcizar: hay un espacio de agite espontáneo y genuino, cero pose, nadie que te señale, qué sé yo, eso nos reúne a todxs lxs rarxs.

¿Y cómo ven la escena en general?

S. H.: Veo que en la mayoría de las bandas prima la estética sobre la ideología.
F. L.: Sí, y eso es como una especie de derrota “kultural”.
S. H.: Creo que, lamentablemente, la revolución devino en estética o que quedó sólo la forma y el discurso. Siento casi todo bastante vacío y absorbido por el capitalismo, y en este vacío caben muchas personas y bandas que están haciendo cosas excelentes. Es una época rara. De envases y ebullición a la vez.
F. L.: Para mí es tristísimo ver cómo la pose y la imagen exacerbada por las redes sociales se come a las expresiones y las arrasa..., las vuelve funcionales a lo “aceptable” o las silencia. Pero sí es cierto que, como en todas las épocas, hay una movida por fuera de ese circuito que no trata de ser “lindo” y eso es lo más: incomodar, chocar con todo, generar algo movilizante, ir contra la corriente.

En ese sentido, tus letras, Sara, tienen una carga activista-militante fuerte.

S. H.: Y sí, a las dos nos interesa visibilizar las situaciones de sufrimiento que no se muestran masivamente y acompañar luchas sociales con las que nos identificamos.
F. L.: El mundo está pasando un momento muy triste y oscuro y no se puede ser indiferente. La joda y el baile también son nuestro consuelo. Obvio que con la música no alcanza, pero a veces funciona como un puente, conecta a las personas con su sensibilidad aplacada por tanta sobreinformación.

¿Cómo viene el 2015 para cada una?

S. H.: Estamos terminando el disco, si todo sale okey, a mitad de marzo o abril está en la yeca. Igual, largamos un adelanto con el video de HO! y el de Nunca digas Nunca, que forma parte de un documental sobre desaparecidos en democracia (www.desaparecidosendemocracia.com). La presentación del disco sería en mayo.
F. L.: El disco de las Kumbia también va a estar saliendo en marzo, así que por ahora nos vamos a encerrar a darle con todo a la preparación, producido por Ezequiel Araujo... muy grosso, estamos muy contentas. En julio volvemos a Europa y queremos tocar en Paraguay, Perú y en Japón.

jueves, 1 de enero de 2015

El silencio reinante. 12 de diciembre

soy
VIERNES, 12 DE DICIEMBRE DE 2014

el silencio reinante

Monstruo seductor, bestia celosa o bellísima indefensa y heterosexual: parece que los medios no saben qué hacer con la tortez, y mucho menos en la sección policiales.
El delirante tratamiento de la muerte de Yésica Arman, a quien llegaron a inventarle un título de reina de belleza, invita a leer entre líneas algo que huele a quemado.
 Por Magdalena De Santo
En su momento, la Pepa Gaitán aparecía en algunos relatos como una suerte de lesbiana vampiro que vivía seduciendo a todas las mujeres de su barrio y convirtiendo a las más femeninas (y casualmente madres) por el camino del mal; otra ficción que circuló al comienzo de la investigación del caso de María Marta García Belsunce fue la lesbiana closetera, mentirosa, celosa, hipersexualizada, agresiva y envidiosa; por último, el reciente cliché que surgió del caso policial de una muchacha poco heteronormada es la harta conocida estrategia de invisibilización: la lesbiana que es y no es al mismo tiempo. Es decir, una mujer con una sexualidad abierta en su círculo más cercano, pero que, igual, mejor no decirlo. Por corrección política, por pudor o por respeto, el periodismo vuelve con omisión pacata a borrar de un plumazo una construcción identitaria, desatiende la integridad sexuada y corta de cuajo la implicancia que ello pueda tener en las motivaciones suicidas u homicidas. Este quizá sea el tratamiento del caso de Yésica Arman.

El misterio de la reina muerta

Esta reina nunca fue reina. Se había postulado hacía muchos años en un sindicato del barrio que nunca –pero nunca– la había galardonado con la tiara y el cetro. Tampoco era una más del montón. Era una mujer de 21 años de Trenque Lauquen que tenía su grupo de amigas tortas con las que venían bancando sus placeres entre el conservadurismo agrícolo-ganadero del interior de la provincia de Buenos Aires cada sábado a la noche en el boliche DOM. Tenía novia, moto y perra. Jugaba al handball y al hockey, practicaba boxeo y fútbol. Peleaba en el ring amateur con buen golpe y metió goles suficientes como para que Ferrocarril Oeste la abrace como su goleadora. De reina, ni un pelo. Puro chamuyo.
Su muerte fue confirmada: autoinfligida. Pero antes de las pericias, los casi 50 mil habitantes de Trenque Lauquen no encontraron el sabor misterioso que los diarios del país querían levantar. Una vez hallado el cuerpo sin vida de “La Rusa” –así le decían–, ya todos habían reconocido que no se trataba de un homicidio con flagelo sexual sino de un suicidio acompañado con carta de despedida. De misterio, nada. El suspenso fue otro invento.
Durante los dos días (casi tres) que Yésica Arman estuvo desaparecida, las hipótesis mediáticas la emparentaban con un imaginario muy lejano al de su realidad cotidiana. Distintas versiones fueron apareciendo a medida que sucedían los días. La primera estrategia fue mostrarla con el rostro angelical de una adolescente con toda la esterotipia vinculada con la mujer impoluta y sacrosanta, de indefensión lastimosa. La imagen de una casi niña con feminidad heterosexual, sin un ápice de su devenir, sin noción de una feminidad lésbica, ni una masculinidad. Lo importante, lo único importante, parecía ser que era linda.
Así, con la construcción discursiva propia de la inocentona virgen, se la vinculaba subrepticiamente a una belleza que podría haber caído en la desaparición forzosa, con un tufo victimista cercano al horror sexual, o peor: pariente de la retórica de la “trata de blancas”. De este modo, La Rusa fue cosificada por sus ojos claros y convertida en sujeto deseable al ojo del periodista masculinoide. El pánico sexual del mensaje rodeaba su ausencia, y sobre todo un eco subterráneo fortalecía el disciplinamiento ejemplificador para las futuras reinas: “Cuidado, el homicida acecha”.
No obstante, a los pocos días dijeron que se descartaba la violación. Ergo: la imagen de la diosa púber empezó a contrastar demasiado con la mujer deportista que usaba zapatillas, capucha, se tapaba las curvas y que tomó una decisión fatal el domingo después del desayuno. “Encontraron ahorcada a una reina de la belleza”, rezaban los diarios que mienten, y al invento le llamaron noticia. Pero una vez que las pericias y la autopsia confirmaron el hecho suicida, la retórica empezó a cambiar. Los titulares dijeron entonces “Encontraron muerta a una futbolista en un descampado tras pelearse con su novia”, y la ficción se volvió más amarilla. Ahora dicen que la encontraron en un descampado, antes era en una finca familiar. ¿El dato de su intimidad implicó su descenso en el status social? Esta mujer joven que ocupó los espacios que no le fueron regalados dejó de ser, de un día para otro, la inocente víctima evaluada por algún jurado local para convertirse en la metáfora de la soledad taciturna. A su cuerpo devaluado lo rodea el silencio. Y ya nadie dice nada más.