sábado, 24 de enero de 2015

el sonido y la furia, 23 de enero 2015

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VIERNES, 23 DE ENERO DE 2015
ENTREVISTA

El sonido y la furia 

Sara Hebe, joven figura hiphopera de la escena porteña, y Flor Linyera, tecladista de las Kumbia Queers, comparten la vida y, a cada rato, las tablas. Prenden fuego lo que tocan con sus rimas, arriba y abajo del escenario.
 Por Magdalena De Santo
Flor Linyera y Sara Hebe son pareja hace más de tres años y medio. Pero no quieren hablar de amor: prefieren denunciar el capitalismo y la careteada de la pose. Se conocieron por la música, y aunque cada una tiene su proyecto, próximamente lanzarán algo de a dos: “Estamos preparando nuestros temas juntas y en estos días seguramente saquemos algún tema, pero no queremos decir nada para no quemarlo”, desliza Flor.
Flor Linyera es la tecladista de Kumbia Queers desde marzo del 2009: “Soy de Bahía Blanca, estudiaba filosofía allá y tocaba la guitarra en dos bandas, teníamos un colectivo kultural con el que hacíamos fiestas. Una vez invitamos a tocar a She Devils y a Juana Chan y Alí por separado, y a las Kumbia. Ya nos conocíamos pero ahí pegamos onda. En un momento, ellas andaban sin tecladista y me invitaron. Me aprendí los temas y a la semana me instalé en Buenos Aires”. Sara Hebe viene de Trelew. “Vine en el 2001 a estudiar abogacía, después me pasé a teatro, siempre me gustó bailar y terminé haciendo esto. Empecé a tocar en el 2007 sola, con un pendrive y un micrófono, en bares, hasta que en 2009 saqué La hija del loco y en 2012 Puentera. Ese mismo año se sumó Ramiro a tocar en vivo con sampler, bajo y viola. Antes, dos amigas me hicieron la segunda en apoyos de voces y después vinieron otras dos compañeras, ahora quedó una de ellas, Liyah, y seguimos con Ramiro. Los tres.”

A esta nota ¿la podríamos llamar las tortas y el rock?

S. H.: Decís eso y me imagino un pastel de cumpleaños con fondant negro y purpurina plateada, arriba una guitarra eléctrica de azúcar roja y cuatro velitas alrededor encendidas...
F. L.: Posta, es cierto que la visibilización es necesaria y el cambio tiene que ser radical para que sea verdadero. Pero me parece que está bueno que la forma de liberarse no sea meterse bajo otras etiquetas, sino intentar salirse, no tener que definir ni explicar quién o qué sos y que así esté todo bien.

Igualmente, el under de los ’90, She Devils en particular, abrió un camino interesante para las sexualidades disidentes en el ambiente del rock. ¿Cómo ven eso ahora?

F. L.: She Devils fue una de mis bandas de cabecera. Fueron parte de un movimiento que en su momento, a lxs que teníamos esa edad, nos partió la cabeza, nos abrió un mundo: la movida homocore o queerpunk, la autogestión, ser gay en el ambiente rockero. Las generaciones nuevas son más abiertas, menos enroscadas con la sexualidad, porque hay gente que viene luchando desde hace tiempo para que sea así.
S. H.: Lxs jóvenes son mejores. Vienen con un pedazo de cerebro más “evolucionado” y un cacho de corazón más blando.

Ustedes, aunque hagan música distinta, tienen prácticamente el mismo público...

S. H.: Sí, sobre todo desde que las Kumbia Queers nos invitaron a tocar a y viceversa. Está rebueno.
F. L.: Hay ciertos elementos comunes que por ahí no son tan evidentes para nosotras pero se ve que la gente lo siente así. Vienen a descontrolarse, a exorcizar: hay un espacio de agite espontáneo y genuino, cero pose, nadie que te señale, qué sé yo, eso nos reúne a todxs lxs rarxs.

¿Y cómo ven la escena en general?

S. H.: Veo que en la mayoría de las bandas prima la estética sobre la ideología.
F. L.: Sí, y eso es como una especie de derrota “kultural”.
S. H.: Creo que, lamentablemente, la revolución devino en estética o que quedó sólo la forma y el discurso. Siento casi todo bastante vacío y absorbido por el capitalismo, y en este vacío caben muchas personas y bandas que están haciendo cosas excelentes. Es una época rara. De envases y ebullición a la vez.
F. L.: Para mí es tristísimo ver cómo la pose y la imagen exacerbada por las redes sociales se come a las expresiones y las arrasa..., las vuelve funcionales a lo “aceptable” o las silencia. Pero sí es cierto que, como en todas las épocas, hay una movida por fuera de ese circuito que no trata de ser “lindo” y eso es lo más: incomodar, chocar con todo, generar algo movilizante, ir contra la corriente.

En ese sentido, tus letras, Sara, tienen una carga activista-militante fuerte.

S. H.: Y sí, a las dos nos interesa visibilizar las situaciones de sufrimiento que no se muestran masivamente y acompañar luchas sociales con las que nos identificamos.
F. L.: El mundo está pasando un momento muy triste y oscuro y no se puede ser indiferente. La joda y el baile también son nuestro consuelo. Obvio que con la música no alcanza, pero a veces funciona como un puente, conecta a las personas con su sensibilidad aplacada por tanta sobreinformación.

¿Cómo viene el 2015 para cada una?

S. H.: Estamos terminando el disco, si todo sale okey, a mitad de marzo o abril está en la yeca. Igual, largamos un adelanto con el video de HO! y el de Nunca digas Nunca, que forma parte de un documental sobre desaparecidos en democracia (www.desaparecidosendemocracia.com). La presentación del disco sería en mayo.
F. L.: El disco de las Kumbia también va a estar saliendo en marzo, así que por ahora nos vamos a encerrar a darle con todo a la preparación, producido por Ezequiel Araujo... muy grosso, estamos muy contentas. En julio volvemos a Europa y queremos tocar en Paraguay, Perú y en Japón.

jueves, 1 de enero de 2015

El silencio reinante. 12 de diciembre

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VIERNES, 12 DE DICIEMBRE DE 2014

el silencio reinante

Monstruo seductor, bestia celosa o bellísima indefensa y heterosexual: parece que los medios no saben qué hacer con la tortez, y mucho menos en la sección policiales.
El delirante tratamiento de la muerte de Yésica Arman, a quien llegaron a inventarle un título de reina de belleza, invita a leer entre líneas algo que huele a quemado.
 Por Magdalena De Santo
En su momento, la Pepa Gaitán aparecía en algunos relatos como una suerte de lesbiana vampiro que vivía seduciendo a todas las mujeres de su barrio y convirtiendo a las más femeninas (y casualmente madres) por el camino del mal; otra ficción que circuló al comienzo de la investigación del caso de María Marta García Belsunce fue la lesbiana closetera, mentirosa, celosa, hipersexualizada, agresiva y envidiosa; por último, el reciente cliché que surgió del caso policial de una muchacha poco heteronormada es la harta conocida estrategia de invisibilización: la lesbiana que es y no es al mismo tiempo. Es decir, una mujer con una sexualidad abierta en su círculo más cercano, pero que, igual, mejor no decirlo. Por corrección política, por pudor o por respeto, el periodismo vuelve con omisión pacata a borrar de un plumazo una construcción identitaria, desatiende la integridad sexuada y corta de cuajo la implicancia que ello pueda tener en las motivaciones suicidas u homicidas. Este quizá sea el tratamiento del caso de Yésica Arman.

El misterio de la reina muerta

Esta reina nunca fue reina. Se había postulado hacía muchos años en un sindicato del barrio que nunca –pero nunca– la había galardonado con la tiara y el cetro. Tampoco era una más del montón. Era una mujer de 21 años de Trenque Lauquen que tenía su grupo de amigas tortas con las que venían bancando sus placeres entre el conservadurismo agrícolo-ganadero del interior de la provincia de Buenos Aires cada sábado a la noche en el boliche DOM. Tenía novia, moto y perra. Jugaba al handball y al hockey, practicaba boxeo y fútbol. Peleaba en el ring amateur con buen golpe y metió goles suficientes como para que Ferrocarril Oeste la abrace como su goleadora. De reina, ni un pelo. Puro chamuyo.
Su muerte fue confirmada: autoinfligida. Pero antes de las pericias, los casi 50 mil habitantes de Trenque Lauquen no encontraron el sabor misterioso que los diarios del país querían levantar. Una vez hallado el cuerpo sin vida de “La Rusa” –así le decían–, ya todos habían reconocido que no se trataba de un homicidio con flagelo sexual sino de un suicidio acompañado con carta de despedida. De misterio, nada. El suspenso fue otro invento.
Durante los dos días (casi tres) que Yésica Arman estuvo desaparecida, las hipótesis mediáticas la emparentaban con un imaginario muy lejano al de su realidad cotidiana. Distintas versiones fueron apareciendo a medida que sucedían los días. La primera estrategia fue mostrarla con el rostro angelical de una adolescente con toda la esterotipia vinculada con la mujer impoluta y sacrosanta, de indefensión lastimosa. La imagen de una casi niña con feminidad heterosexual, sin un ápice de su devenir, sin noción de una feminidad lésbica, ni una masculinidad. Lo importante, lo único importante, parecía ser que era linda.
Así, con la construcción discursiva propia de la inocentona virgen, se la vinculaba subrepticiamente a una belleza que podría haber caído en la desaparición forzosa, con un tufo victimista cercano al horror sexual, o peor: pariente de la retórica de la “trata de blancas”. De este modo, La Rusa fue cosificada por sus ojos claros y convertida en sujeto deseable al ojo del periodista masculinoide. El pánico sexual del mensaje rodeaba su ausencia, y sobre todo un eco subterráneo fortalecía el disciplinamiento ejemplificador para las futuras reinas: “Cuidado, el homicida acecha”.
No obstante, a los pocos días dijeron que se descartaba la violación. Ergo: la imagen de la diosa púber empezó a contrastar demasiado con la mujer deportista que usaba zapatillas, capucha, se tapaba las curvas y que tomó una decisión fatal el domingo después del desayuno. “Encontraron ahorcada a una reina de la belleza”, rezaban los diarios que mienten, y al invento le llamaron noticia. Pero una vez que las pericias y la autopsia confirmaron el hecho suicida, la retórica empezó a cambiar. Los titulares dijeron entonces “Encontraron muerta a una futbolista en un descampado tras pelearse con su novia”, y la ficción se volvió más amarilla. Ahora dicen que la encontraron en un descampado, antes era en una finca familiar. ¿El dato de su intimidad implicó su descenso en el status social? Esta mujer joven que ocupó los espacios que no le fueron regalados dejó de ser, de un día para otro, la inocente víctima evaluada por algún jurado local para convertirse en la metáfora de la soledad taciturna. A su cuerpo devaluado lo rodea el silencio. Y ya nadie dice nada más.

martes, 9 de diciembre de 2014

pizza sin champán, 28 de noviembre

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VIERNES, 28 DE NOVIEMBRE DE 2014

Pizza sin champán

Después de la besada en la pizzería Kentucky y el paseo de sus organizadoras por los medios, el efecto Kentucky deja abierta una pregunta sobre la relación entre medios, militancia y las minorías vulneradas que siempre terminan pagando el pato.
 Por Magdalena De Santo
La besada en Kentucky tuvo la maravilla de ser un encuentro público donde una no tiene nombre, ni apellido, sino que es comunidad en caravana. Estás ahí cuerpo a cuerpo para resolver colectivamente, para festejar que no cedemos espacios, que el salón familiar tiene tríos de lenguas, que “tortas sí, pizza no” y que somos quienes podemos consensuar si aceptamos una disculpa o preferimos morfar gratis primero. Lo hermoso de ser parte de “l*s otr*s”; de seguir siendo “ustedes” –como nos dice una y otra vez la empresa– es constatar que no estás sola. Lo potente de vivir en esta vulnerabilidad, en esta extranjería, es hacer de la mierda nuestra noche.

El malestar después del amor

Sin embargo, hace dos semanas que mi ánimo está tirado. Mi cuerpo responde al deber, habla con una radio, con otra, incluso sonríe en la TV como acto reflejo de una biografía feminizada. Algo pesa. El boomerang vocifera: enfermita, machona, ¿por qué provocás? Y todo recae sobre un yo personal y cotidiano; donde el odio diseminado que juntas denunciamos esa noche, parece tener más virulencia cada día y cada noche en la tele y en la calle.
El tratamiento mediático del escrache, lamentablemente, no habla del escrache. Habla de la discriminación o del perdón de Kentucky, no habla de la autogestión, la autoconvocatoria masiva, la capacidad de organizarnos y responder a la violencia con forma de una celebración disidente. Según el grado de progresismo, los medios hacen hincapié en nuestro derecho a ser normales o en lo bien que se portó Kentucky al reconocer su error. Entre los extremos, distintos matices de misoginia: un Tenenbaum en Rock and Pop pregunta si no extraño la pija. Un TN “bien intencionado” se ofrece a cubrir el episodio si no decimos la malísima palabra “escrache”, un Maxi Montenegro que corta la comunicación cuando menciono el dolor que nos provoca los más de tres mil comentarios con lenguaje de odio que siguen a la nota de La Nación “La pizzería Kentucky pidió perdón por echar a una pareja de lesbianas que se estaba besando”. Cuando fuimos a Duro de domar, sabíamos que nos exponíamos a la lógica ligera de la tele pero también que valía la pena poner el cuerpo para mencionar términos como lesbofobia y hacer un llamado a la autogestión. Para nuestra sorpresa, el informe que precedía el debate, mostraba cómo los besos lésbicos son motivo del éxtasis de viejos pajeros y, aun así, al terminar la nota nos pidieron un beso que no supimos negar. Y fuimos carne de cañón, otra vez.

El perdón garpa

Pedir perdón por Facebook “a las personas que se sintieron ofendidas” es de un cinismo supino no sólo por lo vago, impreciso, sino, sobre todo, porque es lesbofóbico. No dice por qué piden perdón y vale aclarar que no nos “sentimos” ofendidas. Nos ofendieron, nos expulsaron, se burlaron, y nos cagaron la cena que pagamos porque nos dimos un beso. Ese perdón vacuo no dice cuál fue el error, habla de “personas” y no del terror que les provoca nuestras identidades, aprovecha la volada para humanizar su empresa en la pantalla.
Si piensan que estamos felices con medidas expulsivas, sepan que no. El encargado está ahora en la calle buscando un nuevo laburo y con más odio en sus venas para desparramar. Eso no nos alegra, nos vulnera. Tampoco alegra que al resto de los empleados se le sumen horas de capacitación para saber trabajar con gente “como nosotras”. Esos pibes trabajan diez horas por día parados y la mayoría está en negro. La mano pizzera es paraguaya y los pies apretados por un calzado muy duro se vuelven empanada de carne picada cada fin de jornada. “¿Por qué no emplean mujeres?”, le pregunté una vez a un mozo. “Los de arriba dicen que como hay muchos paraguayos muy machistas, mejor no mezclarlos con mujeres”, reconoció. Así, a la lesbo-bi-transfobia le sumamos racismo, sexismo y mano de obra explotada. La impotencia no acaba, crece. Y las chongas y las personas trans siguen sin laburo. Sin embargo, en esta marginalidad precaria podemos crear nuevos mundos y horizontes laborales menos violentos. Prefiero estar exiliada de la tierra heterocentrada a claudicar por una muzzarella.

jueves, 27 de noviembre de 2014

¿acá no podemos hacerlo? 14 de noviembre

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VIERNES, 14 DE NOVIEMBRE DE 2014
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¿Acá no podemos hacerlo?

Como arreglamos las bicis fuimos a Los Sabios a cenar. Un jueves, 23.30 hs., está cerrado. Nos peleamos. Una arranca sola a Ladran Sancho. Y la otra la alcanza pedaleando: dejémonos de joder. Vayamos a cenar juntas al Kentucky. Vamos. Ya fue. En silencio nos acomodamos en la barra. Nos clavamos unas porciones y una jarra de birra. Un rato largo ni nos miramos. Hasta que sí. De cerquita. Y nos besamos. Y nos reconciliamos. Cae el mozo para interrumpir con un balbuceo. Finalmente lo dice: que no, no podemos hacerlo más. O nos dejamos de besar o nos tenemos que ir. Lo manda el encargado. Saltamos de las banquetas y vamos a buscar al tipo que tan bien nos había cobrado. El encargado no quiere darnos su nombre: que no le hablemos así, que nadie nos faltó el respeto, que tiene una hermana como nosotras (?), que todo bien pero que esto es un salón familiar. Todos están mirando. Esperamos un librito de quejas que a nadie le importa. ¿Sos rati? El morocho divertido hace una mueca sospechosa. Una pareja de héteros jóvenes se indigna y se besan en solidaridad un rato. Nosotras intentamos pero ya nada es lo mismo. Los chongos de la mesa larga se burlan con risotadas hasta que por fin llega el librito y escribimos la queja pelotuda. Que la discriminación y la inconstitucionalidad y toda la artillería teórica que se desvanece en la lapicera. Firmamos con DNI. La amargura nos arrastra en búsqueda de otra cosa. Y nos vamos al kiosco a comer un chocolate enorme que no quita la impotencia. Feliz diez meses, mi amor.
Esta escena es más o menos lo que pasó. Es lo que pasa todo el tiempo en nuestras vidas. Lo que nos vulnera todo el rato. Pero resulta que tortas, putos, bisexuales, travas y trans amigxs, esta vez, nos agitan a que no podemos dejarla pasar. Y sabemos: no hay leyes ni orgullos que alcancen. Entonces, un día antes de marchar felizmente vamos a repudiar con rabia. A lengüetazo vivo estaremos hasta acalambrarnos. O la que le pinte de nuestros cuerpos disidentes. Están invitad*s.
Marisol Senson y Magdalena De Santo
Besada en Kentucky: hoy a las 22. Av. Corrientes 3599.

sábado, 1 de noviembre de 2014

De carne somos, entrevista. 31 de octubre

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VIERNES, 31 DE OCTUBRE DE 2014
1º DE NOVIEMBRE: DIA INTERNACIONAL DEL VEGANISMO

De carne somos

El veganismo no es una lucha aislada: se encuentra en la misma mesa con el feminismo, con las perspectivas lgbti y queer. El respeto por el cuerpo del animal tal vez sea una de las expresiones más radicales de la desviación. La especialista Mónica Cragnolini señala además un cruce con el destino carnívoro de la nación.
 Por Magdalena De Santo
En la Argentina, entre los años ’90 y el amanecer del muevo milenio se comenzó a popularizar el neologismo “veganismo”, que viene de vegan, palabra británica que también fue un neologismo en los años ’40 para nombrar una escisión en la comunidad vegetariana. Por estos lares hay todo tipo de vegan*s. Los gays y familias pro de San Isidro que compran la cajita más cara porque dice vegan, l*s de rastas que venden panes rellenos, las tortas anarko punks, l*s que comen soja y l*s que no, los que activan contra el imperio de Monsanto, l*s que usan ropa de cuero, l*s que abrevan en la vida saludable a través de la alimentación y el deporte, l*s que quieren supermercados veganos, l*s que reciclan alimentos, l*s que liberan animales de circo con acciones directas, l*s que escrachan a McDonald’s, l*s que usan una retórica de la crueldad y el horror, l*s que escupen el asado y los que prefieren ni ir. ¿Se trata simplemente de no comer animalitos y dormir en paz? “El veganismo no se reduce a una cuestión netamente dietaria –a la no ingesta de carnes, lácteos y sus derivados–; se trata de la empatía con el resto de los vivientes y, con ello, “el rechazo a la utilización del animal como fuerza de trabajo, objeto de experimentación científica y cosmética, elemento para la vestimenta o el entretenimiento (zoológicos, circos, acuarios, rodeos, riñas de gallo, carreras, corridas de toros)”, explicita la Dra. Mónica B. Cragnolini, directora de la Maestría en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) e investigadora principal del Conicet, dedicada hace tiempo a pensar las cuestiones filosóficas implicadas con animales. Así, uno de los posicionamientos ético-políticos veganos más interesantes está vinculado con el desbaratamiento de la supremacía humana blanca, masculina y heterosexual, basada en el aniquilamiento de la alteridad: “La parrilla signa la fraternidad de los varones que se devoran al otro animal, pero que también se devoran entre ellos, compitiendo para ver ‘quién la tiene más larga’. Creo que el film El asadito de Postiglione lo muestra muy bien”.
¿Cuáles son esos elementos que componen nuestra cultura nacional carnívora?
–Recordemos que “El Matadero” de Esteban Echeverría es uno de los textos fundacionales de nuestra identidad; que se atribuye la invención de la picana al hijo de Leopoldo Lugones, Polo, a partir de algo también propio de los mataderos, que es el aturdimiento por electricidad que se proporciona a los animales; que, en la época de la dictadura cívico–militar, “parrilla” era el lugar en que se aplicaba la picana. Como argentinos, nuestro capital económico, afectivo y simbólico se constituye en torno del sacrificio animal, que es sacrificio del otro (aunque lo neguemos o no queramos verlo). Nuestra “identidad nacional” se constituye desde un esquema sacrificial de lo viviente que está naturalizado y que apenas puede ser cuestionado, sin ser acusado de cipayo. Se lo indica claramente en el Martín Fierro: “Todo bicho que camina va a parar al asador”, pues “cuando la hambre se siente, el hombre le clava el diente a todo lo que se mueve”.
¿Te escuché hablar de carno-falo-logo-centrismo? ¿Qué significa?
–La expresión es de Jacques Derrida, y alude al modo solidario en que en el pensamiento occidental se ha colocado como centro dador de sentido para todo. A un logos (el término alude a razón, medida, palabra, etc.) que se constituye como fundamento, razón, y entonces como figura del padre (falo, soberano) que establece la ley. Y la ley implica el sacrificio de la carne en sentidos varios. Animal somos también todos nosotros desde el punto de vista de aquello que el humanismo ha considerado lo animal: el cuerpo y sus pulsiones. Por eso se considera natural “sacrificar” también el cuerpo del viviente humano “en tanto animal”. Esto se hace evidente en las analogías que se pueden establecer entre el “tratamiento” de los animales y la “trata de personas”.
Anti-especismo: contra el binarismo humano/animal
La industrialización, el comercio y el trato cruel de animales se produce en el marco de una cultura especista, según la cual distingue y clasifica por grupos vivientes en una escala de importancia. Básicamente, la crítica al especismo, término acuñado por Richard Ryder en 1970, reconoce la fuerza antropocéntrica con que interpretamos el mundo: plantea que la separación por especies tiene como fin la supremacía de “lo humano” (blanco, masculino y heterosexual) por sobre todo lo demás. Es decir, las categorizaciones entre “animales humanos” y “animales no humanos”, con sus valoraciones distintas, encierra el objetivo de perpetuar una tiranía: una especie animal vive a razón de explotar, torturar y dar muerte a las otras.
Cualquier práctica anti-especista, por definición, no podría apoyar discriminación, sea dentro o fuera de su misma especie. En este sentido, tal como lo plantea Ryder, sexismo, racismo, clasismo y la homo-lesbo-transfobia serían expresión del mismo modus operandi. Así como l*s human*s someten a otras especies, hacen extensiva esa misma modalidad a l*s de su misma especie. Segregar, valorar, jerarquizar, cosificar y aprovecharse de ciertos grupos es parte de una matriz especista, racista, machista y heterocentrada.
¿Creés que existe algún tipo de vínculo entre el consumo de carne roja con la (hétero) sexualidad y el machismo?
–Carol Adams, autora de La política sexual de la carne, ha trabajado esta problemática, que no atañe sólo a la carne roja sino a todo tipo de carne. Ella muestra cómo la política de género se articula a partir del modo de tratamiento de los animales, y por ello la mujer es considerada, en cierto sentido, “carne al plato”. Antes hablamos del asado, lugar de encuentro que forja la amistad y la “fraternidad” de los hermanos carnívoros (las mujeres generalmente se encargan de las ensaladas), pero en el que se juega la ambivalencia de la culpa de la ingesta sacrificial.
¿Conocés cómo es la trayectoria del activismo vegetariano y vegano en la Argentina? ¿Te considerás una activista?
–Soy vegetariana hace casi cuatro décadas, y conozco tal vez más la trayectoria del activismo vegano del exterior. Creo que en nuestro país la cuestión se ha activado sobre todo en la última década (si bien la UVA está desde el año 2000). No participo de esas organizaciones, pero me considero una activista. Estuvimos también trabajando un par de años con un grupo de filósofos y proteccionistas en un proyecto de ley en torno del tema del animal, a partir de un seminario dictado en Filosofía de la UBA en 2009.
¿De qué se trata ese proyecto de ley?
–Formamos el grupo de trabajo para pensar un proyecto de ley nacional que abarque la cuestión animal in toto (y no sólo los problemas de tenencia responsable de animales de compañía). El principal cuestionamiento a la ley argentina va en la dirección de la consideración del animal como propiedad, y hay que atender a la dificultad de pensar esto en un país que forja su identidad en torno de la explotación agrícolo-ganadera (en la que el animal es visto solamente como elemento útil). Seguimos trabajando en esto.
Todas las luchas van de las mano. Una lucha es toda las luchas. Si no liberamos a los humanos, nunca vas a liberar a los animales. En un mundo vegano distópico donde todo es químico y manipulado, donde hay churrascos de soja, huevos químicos, pancherías veganas, hay también todo tipo de sufrimiento, explotación, manipulación, y un sistema que nos seguirá controlando.
Ariel, activista pacifista, creador de Con Arcoiris Universal (www.arcoirisuniversal.org/), desde donde impulsa nuevos modelos económicos sin lucro.

sábado, 18 de octubre de 2014

Chucha con chucha, esa es la lucha. 17 de octubre

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VIERNES, 17 DE OCTUBRE DE 2014

Chucha con chucha, ésa es la lucha                                 


 Por Magdalena De Santo 
En el escenario, la rubiez y juventud de Rocío Girat se mezcla entre las cholitas que quieren cantar un carnavalito. “¡Que hable Rocío!”, gritan Las Rojas en la ceremonia de apertura del 29º Encuentro Nacional de Mujeres. Entonces Rocío larga un hilo de voz y se quiebra ante nosotras como no lo hizo sentada en la mesa de Mirtha Legrand. Llegan las lágrimas y abrazos que la apachuchan, las banderas que se doblan y las masas rojas se retiran a su única izquierda. Las cholitas siguen esperando. Un micrófono, finalmente, amplifica unas solitarias coplas, sin algarabía popular ni flamantes consignas. En el vacío retumba el agudo final de su plegaria terrenal. Afuera está el sol que pega y las hordas de mujeres que siguen cayendo: miles de desconocidas, otras que no ves tan seguido, las que sí, las que sabías que capaz llegan de Córdoba y Neuquén.
Caen tu jefa, tu alumna y una especial que te besa largo en la boca. Otra grita que es diabética, que le hace mal tanta dulzura.
El Encuentro Nacional de Mujeres es una experiencia caótica en sí misma y entregarse a lo incierto muchas veces atemoriza. Una masa de mujeres muy diferentes, de manera autogestionada y sin aspiraciones resolutivas, nos reunimos con la finalidad de ver qué onda la otra, qué piensa, qué hace, qué pasa en otras provincias. Somos más de 35.000 entregadas al devenir. Pero no quiero pintar un paraíso mujeril sin conflicto. Entre las concurrentes las hay lesbofóbicas, bifóbicas, transfóbicas, sexistas, antifeministas, católicas, milicas, también infantiles y las que viven con mucho miedo. Están las que denuncian todo, las que no saben escuchar ni soportan el deseo ajeno. Si eso es ser mujer, entendí a Wittig. Las discrepancias partidarias también superabundan: las que aman u odian a Trotski, a Mao o Cristina se abren como las aguas de un Moisés no siempre laico. Sin embargo, entre tantas mezcolanza, no veo borrachas o drogadas haciendo estragos, tampoco choreos ni minas que se caguen a piñas. Cinco barrabravas hacen más destrozos que 35 mil de nosotras. Aún así hay proliferación de ratis que salen de debajo de los cactus. Yuta por todos lados: en cada esquina dos o tres gorras. Patrulleros deambulan por las escuelas y entran con disimulo. Gendarmería detiene a cuanto micro puede para que el destino no sea. En cada iglesia salteña las vallas pesadas cubren los rostros del uniforme represivo. Una dice que la ciudad está sitiada.
En el taller de activismo lésbico una torta salteña nos invita a participar de una marcha “para que las tortas de esta ciudad conservadora no se sientan tan solas, para que las tortas de las villas puedan salir sin miedo”. Entonces ahí fuimos. Los milicos civiles deambulaban entre tortillas, empanadas y tamales. En vivo, las cumbias de Las Conchudas, con Sasha en la guitarra, agitan. Allí, la artista trans torta denuncia ante el público que el taller de mujeres trans está último en la nómina de talleres. Para coronar la noche, entre lenguas de mujeres, algunas que armaron sus carpitas para dormir fueron desalojadas por la policía.
Besos lésbicos
Hace tiempo que las distintas comisiones organizadoras, de las distintas localidades, resuelven que el recorrido de la marcha oficial no incluye la Catedral. Esto nuevamente produce una división de aguas, porque algunas sostenemos que el reclamo central de la despenalización del aborto tiene como interlocutor principal el poder clerical. Entonces la marcha se divide. Algunas siguen a la comisión organizadora y otras vamos a decirle a la Iglesia basura que es la dictadura. Por lo general un grupo de extremistas católicos nos recibe tomados de las manos rezando el Ave María. Para nuestra sorpresa, este año, había dos. Sí, sólo dos machirulos. Y una valla que cubría la delantera y el trasero de la Catedral. El aquelarre arcaico, en el que las brujas destetadas empujan y escupen en su catarsis de odio a los católicos no se desarrolló. Pero las fuerzas de seguridad institucional en su presencia magnánima no desactivó toda la rebeldía. Una performer en zancos vestida de Virgen concebida vino a exigir el aborto no punible que la ley nacional le garantiza, otras que saben que la única iglesia que ilumina es la que arde prendieron un fueguito con crucifijos de cajones de verdulería con estampas de odio. También los titulares del diario web Instransigente dicen que un nuevo movimiento lésbico tuvo sexo ahí mismito. En las fotos estoy yo, pero juro no sabía que eso era coger. Le pido perdón a Dios, masculino y singular, por nuestro desconche en Salta. Lo volvería a hacer.

viernes, 3 de octubre de 2014

La guerra de las poses. 3 de octubre

LA GUERRA DE LAS POSES

Dos cuerpos femeninos andan, se mueven, para desencontrarse
 Por Magdalena De Santo

Pelucas rubias y tapados de frondoso peluche no llegan a entrelazarse. Dos mujeres que no. Nunca se llevarán bien aunque lo intenten. Así, junto con otras rivalidades domésticas se presentan metáforas de una feminidad construida por un régimen heterosexual que sólo nos reúne en el desencuentro. Las Hermanas Diamantes, espectáculo de danza teatro, proyecta imágenes en donde la fraternidad entre pares feminizados se fractura, incluso a su propio pesar. Las intérpretes y directoras de Las Hermanas Diamantes, Quío Binnetti y Vanina Goldstein –paradójicamente, dos artistas que se súper entienden en el quehacer espectacular– retornan sobre aquella camaradería que no depende de la sangre sino de esa sonoridad casi inexistente, dirían las feministas clásicas: se arrastran en torno de la dificultad de una genuina comunión entre minas. Las Hermanas Diamantes no logran ni una buena tijereteada, ni mover un mueble, porque superabunda una soberbia supina, una admiración mal dirigida que provoca comparaciones envidiosas. Problematizar el fracaso y la incomunicación entre minas no es una pavada, menos si se logra con belleza visual y musical –destacable trabajo de Andy Menutti–. Sin clichés, la expresión de esos cuerpos iluminados nos lleva a pensar en la competencia de peluquería que el patriarcado nos propició. No es un nuevo cuento de princesas, ni de un reality con Samantha Farjat: se trata de una solidaridad entre presuntos diamantes que se socava por fuerzas sedimentadas. Las Hermanas Diamantes invoca ese involuntario litigio que corta las cintas y lazos de dos mujeres que, en esa imposibilidad indeseada, generan una maquinaria de inmensa retórica pero vacía de palabras. Es la manifestación triste, pero clara, de que aún no estamos pudiendo. l

Sábados a las 21, Pata de Ganso, Pasaje Zelaya 3122