sábado, 24 de enero de 2015

el sonido y la furia, 23 de enero 2015

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VIERNES, 23 DE ENERO DE 2015
ENTREVISTA

El sonido y la furia 

Sara Hebe, joven figura hiphopera de la escena porteña, y Flor Linyera, tecladista de las Kumbia Queers, comparten la vida y, a cada rato, las tablas. Prenden fuego lo que tocan con sus rimas, arriba y abajo del escenario.
 Por Magdalena De Santo
Flor Linyera y Sara Hebe son pareja hace más de tres años y medio. Pero no quieren hablar de amor: prefieren denunciar el capitalismo y la careteada de la pose. Se conocieron por la música, y aunque cada una tiene su proyecto, próximamente lanzarán algo de a dos: “Estamos preparando nuestros temas juntas y en estos días seguramente saquemos algún tema, pero no queremos decir nada para no quemarlo”, desliza Flor.
Flor Linyera es la tecladista de Kumbia Queers desde marzo del 2009: “Soy de Bahía Blanca, estudiaba filosofía allá y tocaba la guitarra en dos bandas, teníamos un colectivo kultural con el que hacíamos fiestas. Una vez invitamos a tocar a She Devils y a Juana Chan y Alí por separado, y a las Kumbia. Ya nos conocíamos pero ahí pegamos onda. En un momento, ellas andaban sin tecladista y me invitaron. Me aprendí los temas y a la semana me instalé en Buenos Aires”. Sara Hebe viene de Trelew. “Vine en el 2001 a estudiar abogacía, después me pasé a teatro, siempre me gustó bailar y terminé haciendo esto. Empecé a tocar en el 2007 sola, con un pendrive y un micrófono, en bares, hasta que en 2009 saqué La hija del loco y en 2012 Puentera. Ese mismo año se sumó Ramiro a tocar en vivo con sampler, bajo y viola. Antes, dos amigas me hicieron la segunda en apoyos de voces y después vinieron otras dos compañeras, ahora quedó una de ellas, Liyah, y seguimos con Ramiro. Los tres.”

A esta nota ¿la podríamos llamar las tortas y el rock?

S. H.: Decís eso y me imagino un pastel de cumpleaños con fondant negro y purpurina plateada, arriba una guitarra eléctrica de azúcar roja y cuatro velitas alrededor encendidas...
F. L.: Posta, es cierto que la visibilización es necesaria y el cambio tiene que ser radical para que sea verdadero. Pero me parece que está bueno que la forma de liberarse no sea meterse bajo otras etiquetas, sino intentar salirse, no tener que definir ni explicar quién o qué sos y que así esté todo bien.

Igualmente, el under de los ’90, She Devils en particular, abrió un camino interesante para las sexualidades disidentes en el ambiente del rock. ¿Cómo ven eso ahora?

F. L.: She Devils fue una de mis bandas de cabecera. Fueron parte de un movimiento que en su momento, a lxs que teníamos esa edad, nos partió la cabeza, nos abrió un mundo: la movida homocore o queerpunk, la autogestión, ser gay en el ambiente rockero. Las generaciones nuevas son más abiertas, menos enroscadas con la sexualidad, porque hay gente que viene luchando desde hace tiempo para que sea así.
S. H.: Lxs jóvenes son mejores. Vienen con un pedazo de cerebro más “evolucionado” y un cacho de corazón más blando.

Ustedes, aunque hagan música distinta, tienen prácticamente el mismo público...

S. H.: Sí, sobre todo desde que las Kumbia Queers nos invitaron a tocar a y viceversa. Está rebueno.
F. L.: Hay ciertos elementos comunes que por ahí no son tan evidentes para nosotras pero se ve que la gente lo siente así. Vienen a descontrolarse, a exorcizar: hay un espacio de agite espontáneo y genuino, cero pose, nadie que te señale, qué sé yo, eso nos reúne a todxs lxs rarxs.

¿Y cómo ven la escena en general?

S. H.: Veo que en la mayoría de las bandas prima la estética sobre la ideología.
F. L.: Sí, y eso es como una especie de derrota “kultural”.
S. H.: Creo que, lamentablemente, la revolución devino en estética o que quedó sólo la forma y el discurso. Siento casi todo bastante vacío y absorbido por el capitalismo, y en este vacío caben muchas personas y bandas que están haciendo cosas excelentes. Es una época rara. De envases y ebullición a la vez.
F. L.: Para mí es tristísimo ver cómo la pose y la imagen exacerbada por las redes sociales se come a las expresiones y las arrasa..., las vuelve funcionales a lo “aceptable” o las silencia. Pero sí es cierto que, como en todas las épocas, hay una movida por fuera de ese circuito que no trata de ser “lindo” y eso es lo más: incomodar, chocar con todo, generar algo movilizante, ir contra la corriente.

En ese sentido, tus letras, Sara, tienen una carga activista-militante fuerte.

S. H.: Y sí, a las dos nos interesa visibilizar las situaciones de sufrimiento que no se muestran masivamente y acompañar luchas sociales con las que nos identificamos.
F. L.: El mundo está pasando un momento muy triste y oscuro y no se puede ser indiferente. La joda y el baile también son nuestro consuelo. Obvio que con la música no alcanza, pero a veces funciona como un puente, conecta a las personas con su sensibilidad aplacada por tanta sobreinformación.

¿Cómo viene el 2015 para cada una?

S. H.: Estamos terminando el disco, si todo sale okey, a mitad de marzo o abril está en la yeca. Igual, largamos un adelanto con el video de HO! y el de Nunca digas Nunca, que forma parte de un documental sobre desaparecidos en democracia (www.desaparecidosendemocracia.com). La presentación del disco sería en mayo.
F. L.: El disco de las Kumbia también va a estar saliendo en marzo, así que por ahora nos vamos a encerrar a darle con todo a la preparación, producido por Ezequiel Araujo... muy grosso, estamos muy contentas. En julio volvemos a Europa y queremos tocar en Paraguay, Perú y en Japón.

jueves, 1 de enero de 2015

El silencio reinante. 12 de diciembre

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VIERNES, 12 DE DICIEMBRE DE 2014

el silencio reinante

Monstruo seductor, bestia celosa o bellísima indefensa y heterosexual: parece que los medios no saben qué hacer con la tortez, y mucho menos en la sección policiales.
El delirante tratamiento de la muerte de Yésica Arman, a quien llegaron a inventarle un título de reina de belleza, invita a leer entre líneas algo que huele a quemado.
 Por Magdalena De Santo
En su momento, la Pepa Gaitán aparecía en algunos relatos como una suerte de lesbiana vampiro que vivía seduciendo a todas las mujeres de su barrio y convirtiendo a las más femeninas (y casualmente madres) por el camino del mal; otra ficción que circuló al comienzo de la investigación del caso de María Marta García Belsunce fue la lesbiana closetera, mentirosa, celosa, hipersexualizada, agresiva y envidiosa; por último, el reciente cliché que surgió del caso policial de una muchacha poco heteronormada es la harta conocida estrategia de invisibilización: la lesbiana que es y no es al mismo tiempo. Es decir, una mujer con una sexualidad abierta en su círculo más cercano, pero que, igual, mejor no decirlo. Por corrección política, por pudor o por respeto, el periodismo vuelve con omisión pacata a borrar de un plumazo una construcción identitaria, desatiende la integridad sexuada y corta de cuajo la implicancia que ello pueda tener en las motivaciones suicidas u homicidas. Este quizá sea el tratamiento del caso de Yésica Arman.

El misterio de la reina muerta

Esta reina nunca fue reina. Se había postulado hacía muchos años en un sindicato del barrio que nunca –pero nunca– la había galardonado con la tiara y el cetro. Tampoco era una más del montón. Era una mujer de 21 años de Trenque Lauquen que tenía su grupo de amigas tortas con las que venían bancando sus placeres entre el conservadurismo agrícolo-ganadero del interior de la provincia de Buenos Aires cada sábado a la noche en el boliche DOM. Tenía novia, moto y perra. Jugaba al handball y al hockey, practicaba boxeo y fútbol. Peleaba en el ring amateur con buen golpe y metió goles suficientes como para que Ferrocarril Oeste la abrace como su goleadora. De reina, ni un pelo. Puro chamuyo.
Su muerte fue confirmada: autoinfligida. Pero antes de las pericias, los casi 50 mil habitantes de Trenque Lauquen no encontraron el sabor misterioso que los diarios del país querían levantar. Una vez hallado el cuerpo sin vida de “La Rusa” –así le decían–, ya todos habían reconocido que no se trataba de un homicidio con flagelo sexual sino de un suicidio acompañado con carta de despedida. De misterio, nada. El suspenso fue otro invento.
Durante los dos días (casi tres) que Yésica Arman estuvo desaparecida, las hipótesis mediáticas la emparentaban con un imaginario muy lejano al de su realidad cotidiana. Distintas versiones fueron apareciendo a medida que sucedían los días. La primera estrategia fue mostrarla con el rostro angelical de una adolescente con toda la esterotipia vinculada con la mujer impoluta y sacrosanta, de indefensión lastimosa. La imagen de una casi niña con feminidad heterosexual, sin un ápice de su devenir, sin noción de una feminidad lésbica, ni una masculinidad. Lo importante, lo único importante, parecía ser que era linda.
Así, con la construcción discursiva propia de la inocentona virgen, se la vinculaba subrepticiamente a una belleza que podría haber caído en la desaparición forzosa, con un tufo victimista cercano al horror sexual, o peor: pariente de la retórica de la “trata de blancas”. De este modo, La Rusa fue cosificada por sus ojos claros y convertida en sujeto deseable al ojo del periodista masculinoide. El pánico sexual del mensaje rodeaba su ausencia, y sobre todo un eco subterráneo fortalecía el disciplinamiento ejemplificador para las futuras reinas: “Cuidado, el homicida acecha”.
No obstante, a los pocos días dijeron que se descartaba la violación. Ergo: la imagen de la diosa púber empezó a contrastar demasiado con la mujer deportista que usaba zapatillas, capucha, se tapaba las curvas y que tomó una decisión fatal el domingo después del desayuno. “Encontraron ahorcada a una reina de la belleza”, rezaban los diarios que mienten, y al invento le llamaron noticia. Pero una vez que las pericias y la autopsia confirmaron el hecho suicida, la retórica empezó a cambiar. Los titulares dijeron entonces “Encontraron muerta a una futbolista en un descampado tras pelearse con su novia”, y la ficción se volvió más amarilla. Ahora dicen que la encontraron en un descampado, antes era en una finca familiar. ¿El dato de su intimidad implicó su descenso en el status social? Esta mujer joven que ocupó los espacios que no le fueron regalados dejó de ser, de un día para otro, la inocente víctima evaluada por algún jurado local para convertirse en la metáfora de la soledad taciturna. A su cuerpo devaluado lo rodea el silencio. Y ya nadie dice nada más.